miércoles, 15 de enero de 2014

De culos, escaleras y mochilas

Cuatro de la tarde. Salgo del tren con el libro aún en la mano. Es curioso lo fácil que me resulta engancharme a una historia en trayectos tan cortos. Sigo leyendo hasta llegar a las escaleras mecánicas. Me cruzo la mochila y guardo el libro mientras pienso en lo cómica que me resulta la visión del culo de turno. Lo de las escaleras mecánicas es curioso. Lo vivo normalmente como un festival de culos. Da igual en qué escalón me ponga; de forma natural siempre acabo con el trasero de alguien a la altura de la cara. Pero en esta ocasión hay algo especial: No es el culo que tengo delante lo que me llama la atención, es la terrorífica mochila rosa que cuelga del desconocido que llevo delante. Es una mochila infantil, con un terrorífico estampado de corazones acompañado de unas letras con purpurina. Rosa. El rosa más vibrante e intenso que han visto mis ojos. Casi duele. Ante este tipo de visiones, no puedo evitar fantasear sobre quién es la persona a la que observo ¿Irá a recoger a su hija? ¿A devolver esa mochila? ... ¿A quién le importa? Es una imagen cómica y no puedo ocultar una sonrisa idiota frente al culo del desconocido. Me detengo un momento a observar al portador del polémico objeto. Tengo delante de mí a un doble de Bill Nighy más joven pero con menos pelo. Alto y con gabardina. Llegamos al final de las escaleras y yo dirijo mis pasos a la salida siguiendo de forma inconsciente a la mochila rosa. Estoy maravillada. Tengo que capturar este momento. Salimos a la calle. El hombre (y su amigo que pasó desapercibido para mí en todo momento) van cada vez más rápido. Chispea. Saco la libreta y mientras subo los escalones esbozo rápidamente la visión de la mochila. Cuando llego arriba del todo, Nighy y "la joya rosa" desaparecen en dirección contraria y yo caigo en la cuenta de que se me está mojando el cuaderno. 

Si cuando decían que el metro es fuente de inspiración para los dibujantes estaban en lo cierto.